Poncia toma la palabra y no pide permiso
- Manuel Alméstar
- 20 ene
- 3 Min. de lectura
¿Qué pasa cuando el silencio decide hablar? Poncia -protagonizada por Lolita Flores- rescata a la criada de La casa de Bernarda Alba y la coloca en el centro del Teatro Bellas Artes para ajustar cuentas con el pasado. Un viaje íntimo, visual y emocional donde Lorca se mira desde las sombras. Aquí, la voz que faltaba.

Hay personajes que pasan por los clásicos como sombras necesarias. Y hay noches —pocas— en las que una de esas sombras decide encender la luz. Poncia, coproducción de Pentación y el Teatro Español, bebe del universo de Federico García Lorca para concederle a la criada de La casa de Bernarda Alba el centro del escenario. No para reescribir a Lorca, sino para mirarlo desde abajo, desde quien lo vio todo y calló demasiado.
El texto se construye a partir de fragmentos de Bernarda y otros materiales lorquianos, cosidos con un relato mínimo que sitúa la acción justo después del suicidio de Adela. Desde ese temblor inicial, Poncia —todavía en shock— desata una furia largamente contenida y ajusta cuentas con las supervivientes de la casa, especialmente con la matriarca. Es uno de los momentos de mayor intensidad dramática: la criada frente al poder, la voz subalterna rompiendo el silencio del luto.
La dirección de Luis Luque se aproxima al legado lorquiano con respeto y pulso escénico. No hay traición ni guiños gratuitos. Hay cuidado formal y una clara voluntad de elevar el dispositivo visual para sostener el monólogo interior de la protagonista. La escenografía de Mónica Boromello —elegante, sugerente— se articula mediante grandes cortinas semitransparentes que mutan de color según la emoción; la iluminación de Paco Ariza dibuja sombras y siluetas con delicadeza; el espacio sonoro de Luis Miguel Cobo y el vestuario de Almudena Rodríguez Huertas completan una atmósfera simbólica, casi ritual. El resultado es un viaje visual que acompaña —y potencia— el trabajo actoral.
Durante setenta minutos, Poncia reflexiona sobre machismo, culpa, educación, suicidio y, sobre todo, libertad. Hay denuncia y hay memoria. Y hay un cierre especialmente hermoso: Luque libera a Poncia del luto y la lleva al mar, a la infancia, a los deseos no vividos. Allí aparece una mujer empoderada que alza su bandera feminista. Quizá demasiadas respuestas para tan pocas preguntas abiertas; quizá el discurso se cierra en exceso donde podría haberse permitido la duda. Pero el trayecto emociona. En escena, Lolita Flores despliega el oficio de toda una vida. Su cuerpo habla: las manos bailan, el manto se mueve con intención, la presencia llena el espacio. Hay momentos en los que Lolita es —inevitablemente— Lolita, incluso cuando es Poncia: una pierna orgullosa, un gesto que se reconoce. Tal vez la criada de Bernarda no se permitiría esa carnalidad. Pero Lolita, sí.
Poncia se presenta en el Teatro Bellas Artes hasta el 15 de febrero, con pocas entradas disponibles. Un espectáculo imprescindible para quienes aman a Lorca y el teatro bien hecho: una interpretación sobresaliente, una dirección exquisita y la certeza de que, esta vez, la criada ha decidido contar la historia… y merece ser escuchada.
PONCIA | Reparto: Lolita Flores; Texto: Luis Luque (A partir de "La Casa de Bernarda Alba" de Federico García Lorca); Dirección: Luis Luque;
Diseño de espacio escénico: Mónica Boromello; Diseño de iluminación: Paco Ariza; Composión de música original: Luis Miguel Cobo; Diseño de vestuario: Almudena Rodríguez Huertas; Ayudante de dirección: Álvaro Lizarrondo; Fotografía: Javier Naval; Productor: Jesús Cimarro; Una producción de Pentación Espectáculos y Teatro Español.


















¿Qué pasa cuando el silencio decide hablar? Poncia -protagonizada por Lolita Flores- rescata a la criada de La casa de Bernarda Alba y la coloca en el centro del Teatro Bellas Artes para ajustar cuentas con el pasado. Un viaje íntimo, visual y emocional donde Lorca se mira desde las sombras. Aquí, la voz que faltaba.