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El jardín de los cerezos: La belleza melancólica de un mundo que se desvanece

  • Foto del escritor: Manuel Alméstar
    Manuel Alméstar
  • hace 23 horas
  • 3 Min. de lectura

El escenario del Teatro Fernán Gómez acoge hasta el 12 de abril una nueva aproximación a El jardín de los cerezos, la última obra de Antón Chéjov, en versión de Ignacio García May y con dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente. Encabezado por Carmen Conesa y Chema León, el montaje despliega una propuesta de gran belleza plástica —con un vestuario exquisito y una escenografía que aprovecha toda la profundidad del escenario— para acompañar un relato sobre el final de una época. Una experiencia teatral envolvente donde la nostalgia, la ironía y la inevitable llegada del futuro florecen juntas, como los cerezos antes de su caída.


Poncia
El Jardín de los Cerezos", Teatro Fernán Gómez

La obra sitúa al espectador ante la historia de Liuba Andreyevna, una aristócrata que regresa a su finca familiar tras años en el extranjero para descubrir que el emblemático jardín de cerezos que da nombre a la obra está a punto de ser subastado para saldar las deudas acumuladas. A su alrededor, familiares, criados y conocidos intentan encontrar una salida a una situación que parece inevitable. Entre ellos destaca Lopajin, hijo de antiguos siervos de la familia, que propone una solución pragmática: talar el jardín y convertir la finca en un negocio rentable. En ese gesto aparentemente práctico se condensa el conflicto central de la obra: el choque entre un mundo que desaparece y otro que llega con nuevas reglas.


Es precisamente esa tensión entre pasado y futuro la que Juan Carlos Pérez de la Fuente articula con inteligencia en su puesta en escena. Los personajes se mueven por el escenario como si recorrieran los últimos pasillos de una casa destinada a desaparecer. La propuesta escénica destaca desde el primer momento por su extraordinario cuidado visual. El vestuario diseñado por Rosa García es uno de los pilares del montaje: elegante, minucioso, lleno de texturas y matices cromáticos que reflejan el estado emocional de los personajes.


La escenografía concebida por el propio director junto a Isi Ponce amplifica esa sensación de belleza envolvente. El vasto escenario de la Sala Girau se utiliza con una inteligencia espacial notable. La puesta en escena juega con la profundidad, las diagonales y la altura para construir un universo escénico que parece expandirse más allá de los límites físicos del teatro. Un espacio vivo que respira con los personajes y que se transforma a medida que el drama avanza.


El primer acto se despliega a lo ancho del escenario como el cuarto de juegos de la casa familiar, una estancia que evoca la infancia perdida y la memoria de un mundo que ya no volverá. Más adelante, la escena se vacía casi por completo, inundada por una luz cálida que transforma el espacio en un paisaje casi abstracto. Esa alternancia entre lo concreto y lo simbólico permite que la obra trascienda su contexto histórico y dialogue con nuestro propio tiempo.


En el centro de ese conflicto aparece Lopajin, interpretado con solidez por Chema León, descendiente de siervos que observa con lucidez —y también con cierta dureza— el hundimiento de la familia que lo vio crecer. Frente a él, Liuba Andreyevna, encarnada con sensibilidad por Carmen Conesa, representa un mundo incapaz de adaptarse a la nueva realidad económica y social. El conjunto actoral logra capturar con precisión el tono tan particular del universo chejoviano: una mezcla de melancolía, ironía y vitalidad que convierte cada escena en un delicado equilibrio entre la comedia y la tragedia. Helena Ezquerro, Cristina Marcos y Noelia Marló aportan delicadeza y humanidad a sus personajes, mientras Juanma Cifuentes construye un papel lleno de matices donde conviven el artificio teatral y una verdad profundamente humana.


Esta versión de El jardín de los cerezos se revela como una experiencia escénica de gran belleza. Un espectáculo visualmente deslumbrante que, sin alterar el texto original, ilumina con claridad los ecos contemporáneos de la obra. Porque el jardín que Chéjov nos muestra —hermoso, frágil y condenado a desaparecer— no pertenece solo al pasado, ya que también habla, con inquietante precisión, de nuestro presente.




EL JARDÍN DE LOS CEREZOS | De: Antón Chéjov; Versión: Ignacio García May; Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente; Con (por orden alfabético): Juanma Cifuentes, Carmen Conesa, Helena Ezquerro, Chema León, Manuel Macíá, Borja Maestre, Cristina Marcos, Markos Marín, Noelia Marló, Chema de Miguel, José Gonçalo Pais, Marta Poveda y Jesús Torres. Diseño de escenografía: Juan Carlos Pérez de la Fuente e Isi Ponce; Diseño de vestuario y figurines: Rosa García Andújar; Diseño de iluminación: José Manuel Guerra; Diseño de videoescena: Violeta Nêmec; Espacio sonoro: Ignacio García; Movimiento escénico y coreografía: Guillermo Weickert; Ayte. de dirección: Abel Ferris; Ayte. de vestuario: Rocío León; Ayte. espacio sonoro: Gabriela Zaldívar; Producción: Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa en colaboración con Octubre Producciónes S.L.

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