Un Dios salvaje: Cuando la civilización se agrieta
- Manuel Alméstar
- hace 3 horas
- 3 Min. de lectura
En el salón de una casa impecable —libros bien colocados, tulipanes cuidadosamente dispuestos, café servido con cortesía— comienza una conversación civilizada. O eso parece. Un Dios salvaje - en el Teatro Alcazar- nos recuerda, desde ese espacio doméstico aparentemente neutro, que la violencia no pertenece a un ámbito concreto ni a una edad determinada, sino que es una pulsión que habita bajo la superficie del civismo, esperando el momento en que la cortesía se agote.

El punto de partida es mínimo y cotidiano: un niño ha golpeado a otro en el parque. Dos matrimonios se reúnen para resolver el incidente con sensatez y espíritu conciliador. Sin embargo, lo que arranca como una mediación ejemplar pronto se convierte en una batalla dialéctica donde afloran reproches, alianzas cambiantes y heridas mal cerradas. La anécdota escolar se diluye y lo que importa ya no son los niños, sino los adultos. Aquí reside la brillanteza del texto de Yasmina Reza. La autora coloca a sus personajes en un tablero donde las máscaras de la corrección social se resquebrajan. La educación —académica, moral, progresista o conservadora— aparece como un barniz incapaz de contener el ego, la frustración y la necesidad de imponerse. ¿Cómo enseñar respeto cuando el diálogo deriva en humillación? ¿Cómo exigir empatía cuando el orgullo pesa más que la razón?
La versión española de Jordi Galcerán respeta la obra de Reza y la adapta con inteligencia al contexto local, conservando la mordacidad y el ritmo. Aunque hacia el tramo final el texto parece insistir en la reiteración del conflicto —lo que puede generar una leve sensación de dilación—, esa insistencia también podría subrayar la incapacidad de los personajes para salir del bucle de su propia vanidad.
La dirección de Tamzin Townsend potencia esa progresiva descomposición, tanto contextual como emocional. La dramaturgia se apoya en miradas que sostienen más violencia que cualquier grito. El humor —afilado, incómodo— es el vehículo que permite al espectador reconocerse sin sentirse acusado de inmediato. El espacio escénico diseñado por Ana Garay, minimalista y funcional, contribuye con acierto al desarrollo de la obra.
El reparto —Luis Merlo, Natalia Millán, Clara Sanchís y Juanan Lumbreras— conforma un conjunto sólido, equilibrado y sin excesos. Cada intérprete encarna con precisión los roles de género y las dinámicas de poder implícitas en la obra: la diplomacia que se vuelve arrogancia, la sensibilidad que se transforma en desprecio, la firmeza que encubre inseguridad.
Un Dios salvaje puede verse hasta el 28 de junio en el Teatro Alcázar de Madrid. Una obra que no habla solo de un conflicto infantil, sino de nosotros. De cómo defendemos nuestros principios mientras negociamos nuestra comodidad. De cómo la civilización es, en ocasiones, apenas una capa fina que cubre un instinto primario de supervivencia. Y en ese espejo incómodo es donde nos vemos.
UN DIOS SALVAJE | Producción ejecutiva: Carlos Larrañaga; Diseño escenografía y vestuario: Ana Garay; Diseño iluminación: José Manuel Guerra; Diseño música y sonido: Andrés Belmonte; Ayudante de dirección: Ricardo Cristóbal; Ayudante de producción: Beatriz Díaz; Dirección técnica: David González; Construcción escenografía: Mambo Decorados; Prensa: La Cultura a Escena – Ángel Galán; Fotografía: Juan Carlos Arévalo; Vídeo y fotografía de escena: Nacho Peña; Diseño gráfico: Hawork Studio – Alberto Valle, Raquel Lobo y Sara Ruiz; Gerencia y regiduría: Sabela Alvarado; EQUIPO ARTÍSTICO | Reparto: Luis Merlo, Natalia Millán, Juanan Lumbreras y Clara Sanchis; Autoría: Yasmina Reza; Versión: Jordi Galcerán; Dirección: Tamzin Townsend.


















En el salón de una casa impecable —libros bien colocados, tulipanes cuidadosamente dispuestos, café servido con cortesía— comienza una conversación civilizada. O eso parece. Un Dios salvaje - en el Teatro Alcazar- nos recuerda, desde ese espacio doméstico aparentemente neutro, que la violencia no pertenece a un ámbito concreto ni a una edad determinada, sino que es una pulsión que habita bajo la superficie del civismo, esperando el momento en que la cortesía se agote.