Gigante: el derecho a no pedir perdón
- Manuel Alméstar
- hace 2 días
- 3 Min. de lectura
¿Dónde termina el autor y empieza su obra? En tiempos donde todo exige posicionamiento inmediato, Gigante —en el Teatro Bellas Artes— irrumpe como una incomodidad, sosteniendo preguntas que no admiten respuestas fáciles.

Hay algo profundamente inquietante en asistir a la decisión consciente de no rectificar. No al error —que es humano—, sino a la persistencia. A ese momento en el que alguien, frente a la presión, elige quedarse en su palabra. Gigante se construye desde ese gesto aparentemente simple de no pedir perdón, y desde ahí empieza a tensarlo todo.
Entramos, además, con la memoria cómoda de quien ha crecido con las historias de Roald Dahl. Sus mundos, sus personajes, su imaginación desbordada. Pero la obra no tarda en desplazar ese recuerdo hacia un territorio menos amable. Poco a poco el mito se repliega y aparece el hombre que escribe, que opina, que se posiciona en un contexto atravesado por la violencia —la guerra del Líbano, las heridas abiertas de la historia— y que, al hacerlo, cruza una línea.
Durante años hemos querido creer que existe una frontera clara entre la obra y quien la crea. Que podemos seguir habitando los mundos que admiramos sin hacernos cargo del todo de quienes los construyeron. Pero Gigante no concede esa comodidad. Nos obliga a permanecer en la contradicción, y a sostener al mismo tiempo el talento y la herida.
Esa tensión se articula desde un dispositivo aparentemente sencillo. La pieza, escrita por Mark Rosenblatt, sitúa la acción en ese momento de crisis: el enfrentamiento entre Dahl y su entorno editorial tras la publicación de unas declaraciones que desataron acusaciones de antisemitismo. A partir de ahí, el texto despliega un duelo dialéctico —especialmente con la figura de la editora— que avanza con ironía, fricción y una incomodidad sostenida, abordando cuestiones como la libertad de expresión, la responsabilidad pública, la guerra o los límites del discurso. Todo ello bajo la dirección precisa de Josep Maria Mestres, que maneja el ritmo dramático con inteligencia y evita que la densidad derive en pesadez.
Por otro lado, Josep Maria Pou interpreta a Dahl, quien lo habita con total precisión. Hay momentos en los que su ironía resulta brillante, incluso seductora, y justo después llega el golpe. La idea que ya no se puede sostener sin cuestionarla. Ese vaivén es el verdadero núcleo de la obra. El punto en el que el espectador deja de observar desde la distancia y empieza sin darse cuenta a reconocerse en esa obstinación, en esa necesidad de tener razón incluso cuando el terreno se vuelve inestable.
En ese pulso constante, el elenco acompaña con una solidez admirable. Junto a Pou, destaca el trabajo de Clàudia Benito dando vida a la editora Jessie Stone. Frente al Dahl expansivo, irónico y dominante, Benito construye una presencia contenida, lúcida, que resiste sin quebrarse. Es una interpretación con muchas dinámicas que Benito ejecuta muy bien. Y es en ese equilibrio —en ese pulso que nunca se rompe— donde la obra encuentra una de sus mayores virtudes: convertir el enfrentamiento en un diálogo vivo, presente, incómodo y profundamente humano.
Al salir, lo que permanece no es tanto la polémica como el efecto directo de la función: una incomodidad sostenida que obliga a seguir pensando en lo que se ha visto y escuchado. La obra deja abiertas las tensiones que plantea y traslada al espectador el peso de unas palabras que no se resuelven al bajar el telón. Gigante no busca cerrar el debate, sino activarlo.
Gigante puede verse en el Teatro Bellas Artes de Madrid hasta el 26 de abril. Y sí, merece la pena acercarse, aunque sea con la intuición de que no se sale igual.
GOGANTE | Reparto: José María Pou: Roald Dahl; Victòria Pagès: Felicity "Liccy" Crosland; Pep Planas: Tom Maschler; Clàudia Benito: Jessie Stone; Aida Llop: Hallie; Jep Barceló: Wally Saunders; Ficha artística: Autoría: Mark Rosenblatt; Traducción: José María Pou; Dirección: Josep Maria Mestres; Escenografía: Sebastià Brosa; Vestuario: Nidia Tusal; Iluminación: Ignasi Camprodon; Espacio sonoro: Jordi Bonet; Caracterización: Toni Santos; Dirección de producción: Maite Pijuan; Producción ejecutiva: Àlvar Rovira; Dirección de oficina técnica: Moi Cuenca; Oficina técnica: Jordi Farràs; Ayudantía de dirección: Tilda Espluga; Ayudantía de escenografía: Carolina Sánchez Sanchis; Ayudantía de producción: Sira Castells y Sara López; Técnicos: Focus; Regiduría: Paco Montes; Construcción de la escenografía: Jorba-Miró Estudi-taller d'escenografia; Confección de vestuario: Sastreria Baseiria y Consol Díaz; Márquetin y comunicación: Teatre Romea; Reportaje fotográfico: David Ruano; Distribución: Carme Tierz; Colaboradores: Montibello; Una coproducción del Teatre Romea y Grec 2025 Festival de Barcelona.


















¿Dónde termina el autor y empieza su obra? En tiempos donde todo exige posicionamiento inmediato, Gigante —en el Teatro Bellas Artes— irrumpe como una incomodidad, sosteniendo preguntas que no admiten respuestas fáciles.