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  • Foto del escritorManuel Alméstar

"Los maestros" de Wagner desafían el cronómetro

Actualizado: hace 4 días

 

Cuando le conté a unos amigos que iría a "Los Maestros Cantores de Nuremberg" de Wagner, el primer comentario fue inevitable: "¿Y cuánto dura?". Ante mi respuesta —"5 horas con 2 descansos"—, sus expresiones lo decían todo. Sin embargo, lo que muchos podrían considerar una maratón operística, en realidad es una inmersión sublime en la única comedia de Wagner, donde la cotidianidad y las tradiciones se entrelazan armónicamente, permitiéndonos revisitar nuestros eternos pilares culturales a la vez que nos abrimos a su evolución.




El pasado miércoles 24 de abril, el Teatro Real estrenó esta obra con una producción que involucra a casi 300 artistas. La dirección artística de Laurent Pelly brilló por su capacidad para entrelazar un diseño de vestuario de aire popular con una dirección de actores que profundizó en la individualidad de los personajes, todo ello en un espacio escénico que transformaba su arquitectura para transportarnos a través de los distintos actos. A lo largo de la obra, múltiples cajas -en una constante coreografía- dan vida a múltiples paisajes (me gustaría saber cómo terminarán esas piezas en la última función). Musicalmente, Pablo Heras-Casado enfrentó el reto de esta obra con una ejecución que, si bien tuvo momentos de irregularidad durante la obertura, se saldó con ovaciones. La pieza requiere un balance delicado que, aunque no alcanzó la plenitud en términos de lirismo y claridad, mostró momentos de verdadero esplendor, especialmente en los primeros actos y en los pasajes más dramáticos.


la cotidianidad y las tradiciones se entrelazan armónicamente, permitiéndonos revisitar nuestros eternos pilares culturales a la vez que nos abrimos a su evolución.

Centrándonos en los aspectos técnicos vocales, Gerald Finley como Hans Sachs ofreció una interpretación que destacó por su rico timbre baritonal, así como por un control excepcional de la dinámica vocal, adaptándose con maestría a las demandas emocionales, técnicas y de duración de su papel. Por su parte, Melrose en el papel de Beckmesser, transformó una partitura vocal exigente en un triunfo de expresividad cómica y precisión técnica, mientras que el bajo Jongmin Park, como Veit Pogner, impresionó con su sonoridad profunda y resonante, un verdadero placer auditivo que capturó la esencia de su personaje con cada nota emitida. El Coro, por su parte, fue un pilar de fuerza vocal, brillando en los segmentos más robustos, aunque mostrando algunas debilidades en los pasajes delicados.


A pesar de la duración de la obra, que llevó a que algunos espectadores no permanecieran hasta el final, el tercer acto se reveló como el más majestuoso y completó la experiencia de una forma que solo Wagner puede ofrecer. Por tanto, la próxima vez que me pregunten sobre la duración de una obra de Wagner diré: "lo suficiente para quedarme con ganas de más”.


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